acoso verbal mujeres

Nadie ha pedido tu (asquerosa) opinión

Confieso que soy de naturaleza dispersa. Soy de esas personas que pueden estar tendiendo, caerse una pinza al suelo, y al agacharse pensar “uy, a este suelo de hace falta una pasadita”. Y entonces ir a por la escoba y ponerme a barrer. Y mientras barro el salón puedo ver un botón en el suelo –­“¡lo encontré! voy a coserlo”–, y entonces puedo sacar la camisa a la que le falta un botón, e ir a por aguja e hilo. Pero claro, justo en la mesilla de noche donde tengo el mini-kit de costura (muy probable que sea de los de publicidad, que no soy yo muy de costura) está el libro que me estoy leyendo y entonces pensar “uy, qué intriga por saber cómo sigue la historia” y ponerme a leer. Y al cabo de una hora leyendo, acordarme de pronto que tengo la ropa a medio tender, la casa a medio barrer y el botón a medio coser.

Así que, cuando me pasó lo que os voy a contar, no era nada nuevo. Pero sí distinto.

En el polígono donde trabajaba hace ya casi dos años había una gasolinera donde solía parar a repostar, de paso, cuando salía del trabajo. Aquella tarde, como de costumbre, entré con mi coche en la gasolinera, paré junto a un surtidor, y me bajé del coche. Fue bajarme del coche y fijarme inmediatamente en un camión que había allí parado. Y no me fijé porque fuera extraño ver un camión allí, no, sino por los gritos que dos bestias pardas me dirigían desde la ventanilla. “La del pantalón rojo” o “morena” eran solo algunas de las perlas que distinguí. Era tan desagradable caminar bajo la atenta mirada y los gritos de aquellos dos que cuando salí de pagar la gasolina que iba a echar, solo podía pensar en esconderme, quitarme de su vista. Y dispersa como soy, me metí en el coche y me largué. Sin gasolina.

Obviamente en cuanto salí de aquella gasolinera y llegué a la primera rotonda, me di cuenta del fallo (porque el coche seguía en reserva, básicamente) y después de repetirme mentalmente un par de veces que un día me voy a dejar la cabeza en cualquier sitio, volví a la gasolinera.

Afortunadamente el camión ya no estaba y quien me había atendido era una mujer, que en cuanto me vio volver, salió a darme el encuentro con el billete en la mano. “Cuando he visto que te ibas he sacado el billete”. Le comenté lo que me había pasado y asintió, ella lo había visto todo, y asentía con la misma cara de cansancio que ponemos todas nosotras cuando vemos algo así.

Y a veces me acuerdo de ese y otros episodios por el estilo que viví durante el tiempo que trabajé en aquella empresa, en aquel polígono. Entonces me preguntaba qué les pasaba a esos hombres, si tenían mujer e hijas, y si se comportaban así también con ellas.

Hoy sigo preguntándome si de verdad alguien puede pensar que es agradable que dos absolutos desconocidos te griten comentarios sobre tu cuerpo desde un camión, un andamio o desde el otro lado de la alambrada de la obra. Esos hombres, ¿acaso no son hombres, sino perros que sienten necesidad de ladrarle a una hembra? Y perdonadme la ofensa aquellos que la sintáis, pero la analogía es perfecta.

Me siento orgullosa cuando alguien me dice que le gusta cómo canto o como escribo. Me siento enormemente halagada cuando alguien me dice, en la confianza de un café o una copa, a la cara, y solo a mí, que le parezco interesante o atractiva. Pero nunca me voy a sentir orgullosa de que un desconocido me mire el culo por la calle, ni halagada porque me griten desde la otra acera. Eso, estimados machos del pleistoceno, es DESAGRADABLE.

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Nuria Líquida
nurialiquida@gmail.com

Soy vocalista de Detergente Líquido (grupo de música pop de Cádiz) y cuento la vida del grupo a través de mi blog Nuria Líquida. También colaboro en algunas ocasiones con Pop Musique.

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